Vía crucis en Acanceh: crónica de una muerte profetizada

Yucatán Ahora fue testigo del vía crucis viviente que, desde hace 37 años, se realiza en el municipio de Acanceh. Aquí les dejamos una crónica de una puesta en escena llena de sincretismo y fe

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No sé por dónde empezar.

Todavía el calor me aplasta las pocas neuronas que cargo pero también tengo en la cabeza la imagen de tres cruces altísimas, con tres hombres en ellas –crucificados-, con una iglesia católica de un lado y unas pirámides mayas del otro. Una locura de sincretismo en pleno siglo XXI.

Porque en estos tiempos caóticos en el que corremos como locos de acá para allá, envueltos en un universo de redes sociales que nos demandan inmediatez y ponemos más el ojo en los celulares que en la realidad que nos circunda, ciento de personas de este milenio se reunieron hoy para “actuar” el vía crucis viviente de Semana Santa, en el municipio de Acanceh.

Porque aunque la religión católica da manotazos de ahogado para recuperar y mantener a sus fieles en todo el mundo, en este rincón del planeta grandes y chicos viven en carne propia la pasión de Cristo y, por momentos, hasta uno se olvida de este siglo loco y se mete adentro de esta historia vigente hace miles de años. Me pregunto qué diría el Papa Francisco de esta manifestación de fe sin precedentes.

Con un calor que oscilaba entre los 38 y 40 grados (con sensación térmica superior a esos grados, claro), presenciamos un Vía Crucis Viviente y ardiente, porque el sol no nos dio tregua.

Todo arrancó en el atrio de la Capilla de Guadalupe de Acanceh, donde los judíos recibieron a un Jesús amarrado (el actor fue Andrés Antonio Medina Chalé, de 21 años y Cristo por tercer año consecutivo) para culparlo de su existencia y de ahí lo llevaron a ver a Poncio Pilato.

En cada ocasión, el público actor y detractor de Cristo lo siguió por diferentes lugares de la ciudad y llamaba la atención que muchos eran niños, así que cuando blasfemaban a Jesús, se escuchaban los grititos de infantes enardecidos.

De allí, los soldados romanos llevaron a Cristo con Herodes, quien lo recibió rodeado por su harem, bebiendo vino y comiendo uvas de la mano de una hermosa mujer. La actuación de Herodes fue muy buena y dio su punto máximo cuando, ante el silencio de Jesús a sus preguntas, hizo estallar en pedazos una manzana que tenía en la mano. Nos sorprendimos todos.

De allí regresamos con Jesús, los soldados romanos, los niños detractores y el público otra vez con Poncio Pilato, quien pidió la presencia de famoso ladrón Barrabás (otro punto importante de la puesta en escena). Cuando liberaron a Barrabás, Jesús quedó condenado a la crucifixión y ahí comenzó su flagelación.

Lo subieron a una tarima donde soldados romanos comenzaron a latigarlo. Probablemente el material del látigo no lastimaba demasiado, pero sí se llevó sus golpes el pobre actor y no de uno, sino de cuatro soldados que subieron a darle duro y parejo.

Y ahí comenzó el vía crucis con Jesús cargando una cruz de 70 kilos aproximadamente durante cuadras y cuadras (perdí la cuenta), en las que cayó tres veces y se encontró con diferentes personajes bíblicos.

Soy católica, conozco más o menos la historia pero no soy practicante. Sin embargo uno de los momentos más emotivos fue cuando Jesús se encontró con su madre María. La escena, cargada de una mezcla pareja de dramatismo, ternura y dolor, provocó en más de uno de los espectadores un nudito en la garganta.

Después vino María Magdalena, a quien uno de los soldados romanos le dio un latigazo para que se alejara de Jesús (también recibí algún que otro latigazo cuando me crucé en la escena para tomar fotos y doy fe que dolían) hasta que llegamos otra vez a la Plaza Principal y, frente a las pirámides mayas, se dispusieron las tres cruces: una para Jesús y las otras dos para los ladrones que también fueron crucificados junto a él y que venían cargando unos troncos pesados sobre sus espaldas durante todo el vía crucis. Además caminaban descalzos (acuérdense de los casi 40 grados).

Cada cruz pesaba 170 kilos aproximadamente y medía como tres o más metros. Los soldados subieron a los crucificados a sus cruces y las levantaron para dejarlas de espaldas a las pirámides, frente a un público de ciento de personas y a un costado de la iglesia de Acanceh.

Tengo que ser honesta, no fui testigo del final de la puesta en escena. Y no por impresión, sino porque después de tantas horas al sol, me empezó a latir fuerte el corazón y sentí como que se me bajó la presión.

Cuando regresé ya estaban bajando el cuerpo sin vida de Jesús de la cruz hasta el año que viene, cuando seguramente todo vuelva a representarse en este lugar donde desde hace 37 años la magia del sincretismo y la fe siguen haciendo de las suyas. Ojalá lo viera Francisco y rezara por todos ellos.- Cecilia García Olivieri

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