El HighBall IV, un legado más allá de la tragedia

Publicado agosto 31, 2018, 12:00 am
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Por: Ricardo Tejeda Rosado
Columnista invitado

Desde que somos niños, nos enseñan que el mundo es realmente hermoso, y si es cierto, hay momentos de felicidad cuando te casas con el amor de tu vida, cuando logras cumplir tus metas o cuando conoces el lugar de tus sueños, pero algo que he aprendido, es que para que haya luz tiene que haber oscuridad.

La vida que a cada quien le toca vivir puede llegar a tener accidentes y tragedias, tristezas y malos momentos, pero siempre he pensado la frase “todo pasa por algo” es demasiado cierta, tal vez no en el momento se cree, pero tras años de vida y aprendizaje, se logra entender que lo que se vive ahora es por ese algo que sucedió años atrás.

Tal vez conoces al amor de tu vida tras haber tenido malas rachas con antiguas parejas, logras cumplir tus metas tras los miles de tropiezos que la vida te pone y conoces el lugar de tus sueños tras luchar por ir.

Los errores nos ayudan a ser mejores personas.

Desde que somos niños pequeños aprendemos que todos tienen una mamá, un papá, tal vez un hermano o hermana, primos, tíos y que por cada papá tenemos dos abuelos y dos abuelas, y que todos ellos forman el concepto de la familia. Realmente yo nunca me di cuenta de una cosa hasta mi noveno cumpleaños…

Era una típica mañana del 15 de noviembre, amanecí como normalmente hago en mis cumpleaños, feliz y contento, esa extrema felicidad que sin razón tenemos de niños por ser nuestro cumpleaños. Mi madre me llevó con mis abuelos a comer (creo que estaba más emocionado por el regalo que me iban a dar), y fue cuando la idea entró a mi cabeza y le pregunté qué porque después de casi una década de estar conviviendo tanto con la madre de mi mamá no tenía un abuelo como el de parte de mi papá.

Es normal que por ser niños, nuestros papas no nos cuenten las historias como deben de ser, ya sea como la historia de que los niños vienen del cielo o en mi caso, la más increíble: Santa Claus, pero cuando creces entiendes que ser adulto es más complicado de lo que parece.

Llegamos a la casa de mi abuela, recuerdo que amaba ir, era tan grande que me sentía un niño explorador que podía llegar a encontrar un tesoro si me lo proponía. Existía ese aroma único que hay en casa de tus abuelos, un jardín enorme en el centro y las paredes llenas de fotos y platos que a mi abuela le encanta coleccionar.

¿Por qué no tengo abuelo?

Llegó la hora del almuerzo (la verdad solo recuerdo el pastel) y momentos después del pequeño convivio familiar, como todo niño curioso yo pregunté, me contestaron una respuesta corta y breve: Tu abuelo está en el cielo desde hace mucho tiempo. La realidad es que en ese momento no lo tomé muy en serio, asentí con la cabeza y seguí haciendo lo que en ese momento estaba haciendo.

Muchos años han pasado desde ese aquel día, ese día en el que me empecé a preguntar porque mi abuelita siempre había estado sin pareja desde que la conocí y de cómo jamás logré conocer al padre de mi mamá.

Los años pasaron y fui madurando, y conforme fui creciendo esa pregunta crecía y crecía. Tenía como unos trece o catorce años cuando una noche encontré a mi madre llorando en su cuarto alrededor de papeles y un baúl abierto, intrigado y preocupado le pregunté que era lo que le pasaba.

Ella me contestó que se había puesto sentimental al leer una nota periodística de hace mucho tiempo atrás. Cuando le pregunté de que era la nota, ella me contestó que era sobre la mayor tragedia que ella había tenido: perder a su papá.

Estábamos en su habitación (la verdad es que la sigo viendo igual), ella se sentó en la cama junto a mi papá y empezó a leer, el periódico ya estaba viejo, y estaba de un tinte amarillento por los años que tenía guardado. Tenía un encabezado que en ese momento que yo no supe pronunciar, un nombre extraño y algo sobre un caso que hasta la fecha no se había podido resolver.

Conforme se leía la nota (muy larga de hecho, ocupaba todo el periódico), muchas preguntas que durante tanto tiempo me había cuestionado encontraron sus respuestas. Al finalizar la lectura, mi madre se limpió las lágrimas y me contó brevemente lo que le había sucedido a su papá.

Mi abuelo se perdió junto a unos amigos en el mar, en un barco que nunca encontraron absolutamente nada de él, ni un solo pedazo del barco, ni una sola llamada y lo más sorprendente es que jamás tocaron tierra y que hasta la fecha no se sabía de verdad nada ni de él, sus amigos o del barco ¿sorprendente no?

Ese mismo día me fui a acostar con muchos pensamientos en mi cabeza, de como algo tan extraño pudo haber sucedido, claro, me vino a la mente de que pasaría si llegara a aparecer mi abuelo después de tantos años, pero claro, era apenas un chavito, y mi mente era más imaginativa de lo que ahora es.

Esa noche le pedí a mi madre que si me podía quedar con el periódico que esa noche había encontrado y con una sonrisa me lo entregó, tenía la fecha de 1996 y había sido escrito por los 10 años del gran misterio de Mérida. Lo leí tranquilamente en mi cuarto y al terminar lo metí en una carpeta y lo guarde muy cuidadosamente en un escritorio, ya que quería tenerlo por mucho tiempo como el único recuerdo de mi abuelo.

El impacto de aquella noche

Los años han pasado, y ahora tengo 20 años de edad, he crecido y podría decirse que ya soy algo adulto, y todo este tiempo he tenido en alto lo que mi familia sufrió años atrás, pero para ser sincero, no me había dado cuenta de que tanto había sido el impacto de esa aquella noche de septiembre.

Unas cuantas semanas atrás, fui a la Universidad como cualquier día de la semana, era un martes y me tocaba la clase de Periodismo, la verdad pensé que sería como cualquiera de las clases que ya había tenido en esa materia, tranquilas y rápidas, pero la realidad fue que sería más interesante de lo que había pensado.

El maestro llegó y empezó a dar su clase. Ese día llevó un pequeño libro donde él había publicado años atrás unos cuantos acontecimientos que habían sucedido en mi ciudad Mérida. El profesor realizó una actividad donde un fragmento de las diferentes historias serían leídas por diferentes alumnos y serían comentadas en clase sobre la manera de cómo habían sido escritas y narradas.

El maestro entregó el libro a un alumno y empezó a leer el acontecimiento sucedido. En ese momento yo estaba algo despistado y la verdad fue que no recuerdo nada de lo leído, ya que me había desvelado la noche anterior y el cansancio era algo que me dominaba.

Al finalizar la lectura, la clase empezó a comentar su estructura, recuerdo que veía el techo y jugaba con mi celular deseando que la clase acabará para poderme ir a descansar. El maestro retiro el libro del alumno que había leído la historia anterior y leyó en voz alta el título de la siguiente para ver que alumno quería leerla.

Estaba tan despistado que ni cuenta me di de lo que el título decía, solo me llamó mucho la atención que uno de mis compañeros, un gran amigo que ama la pesca, que sabía mi historia y que normalmente no le gusta participar, alzó velozmente la mano para poder leerla.

El título era: El High Ball IV. Era el nombre que no podía pronunciar aquella noche que mi madre me leyó un periódico cuando era apenas un niño

En ese momento, solté el celular, me senté correctamente y mi atención fue captada al 100%. Me quedé escuchando a mi compañero leer la nota muy detalladamente hasta que finalizó, el maestro le quito el libro, lo asentó en su escritorio y en voz alta nos preguntó qué es lo que pensábamos de esta nota.

Yo, con muchas ganas de opinar claro está, alcé mi mano con la intención de ser el primero en hacerlo, el maestro me vio y me dio la palabra.

Al principio no sabía que decir, tenía tantas cosas que decir que no podía ordenarlas en mi cabeza, pero pude sacar unas cuantas palabras. Con cara de sorprendido, el joven profesor me preguntó cuál era la razón del por qué yo sabía tanto del caso del aquel barco desaparecido, me quedé callado por un momento, y luego dije en voz alta que un pariente mío había sido tripulante de aquella nave marina.

Una lluvia de preguntas

Mi salón de clase se quedó sorprendido al escuchar mis palabras, y varios de mis compañeros me empezaron a preguntar muchas cosas de aquel caso misterioso, hasta una compañera me comentó que podría escribir un libro sobre eso, la verdad, no sería mala idea.

Todo el resto de mi clase, me la pasé hablando de lo sucedido con mi abuelo. Mis compañeros y mi profesor me preguntaban sobre cómo está mi familia y de cómo han cargado con esto tanto tiempo. Por supuesto, la pregunta sobre “¿Qué pasaría si regresa?” estuvo incluida, creo que es lo que la mayoría se pregunta por tantas historias y películas que hay sobre el regreso de un pariente perdido.

Todo mi salón quedó muy sorprendido ese día, todos a excepción de dos compañeros, el amante de la pesca que mencioné anteriormente, y otro gran amigo, uno de estatura pequeña que en una noche en su casa, le conté la historia acompañada de una Heineken.

Esa misma noche, al llegar a mi casa, busqué el periódico sobre la nota de mi abuelo que yo había guardado por mucho tiempo. Lo encontré como siempre lo he guardado, doblado en dos partes dentro de una carpeta donde tengo fotos de un viaje a Disney.

Al abrirlo, me sorprendí mucho, ya que el nombre del periodista que había escrito la nota de casi 30 años atrás, era una persona que yo había visto y platicado ese mismo día, una persona que había conocido unos cuantos meses atrás en la Universidad y por eso antes no tenía ni idea de quién era.

El periodista era mi propio profesor de Periodismo.

Me quedé sorprendido de cómo el mundo puede ser tan chico, de verdad que lo es. Esa noche releí la nota periodística mientras pensaba en la clase de la mañana, y me di cuenta de cómo hay cosas que todavía no conocía, si claro, sabía la historia, pero por mi mente no había pasado el cómo había sido superado y de cómo había afectado en realidad a mi familia.

Guardé el periódico cuidadosamente en mi mochila, me acosté en mi cama, cerré los ojos y decidí que quería más respuestas, y que las iba a tratar de conseguir.

Al día siguiente me levanté como de costumbre, con sueño y algo de flojera, me vestí y me fui a la Universidad. El día pasó como cualquier otro día de la semana, la diferencia era que una increíble intriga me dominaba.

Ese día, fui a comer a casa de mi abuelita, ya que la Universidad queda muy cerca de la casa y es muy frecuente las veces que voy a visitar y a comer con mi abuelita.

La casa era otra, ya que la enorme mansión que frecuentaba cuando era niño y donde jugaba mis expediciones había sido dada en renta, ya que la casa era demasiado grande para solo dos personas.

Esta era más chica, pero siempre con el estilo de mi abuela, muy ordenada, con porcelana en el comedor, y las paredes llenas de platos y pinturas que ella solía pintar.

Al llegar, toco el timbre y mi tía, la hermana de mi mamá que vive con mi abuelita, me abre la puerta, me dice que pase pero que espere porque la comida no estaba lista. Ella estaba haciendo unas cosas en el comedor con la laptop, así que decidí ir directo al cuarto de mi abuela.

Al entrar al cuarto de mi abuela, la encuentro sentada en su mecedora a lado de su cama, una mecedora donde ella se sienta a leer y hablar por teléfono, o cuando simplemente se cansa de estar acostada.

Siempre la saludo con tono de felicidad, aunque no la llamo “abuela” ya que ella desde pequeño me dejo muy claro que decirle “abuela” a las abuelas es cuando son abuelas malas y gruñonas, así que toda la vida la he llamado por el nombre de “Mami”.

“Hola, Mami” le dije, ella como siempre, muy alegremente me mostró una sonrisa y me abrió los brazos.

Me acerque y le di un enorme abrazo, me senté a lado de ella y empecé a contarle como había estado mi día.

Quería saber más

En un momento de silencio de la plática, le conté sobre lo que me había pasado el día anterior en la Universidad y de cómo la historia de su marido había llegado a intrigar a tanta gente. Ella se sorprendió y me preguntó cada detalle de la clase.

Al terminar de contarle, me arme de valor y le dije que quería saber más, quería saber que había pasado, como había pasado y sobre lo que creía que pasó con ellos. Sabía que pues no es un tema que se tenga que recordar diario y sobre todo tan a fondo, pero de verdad quería conocer lo que había pasado. Saqué el periódico, se lo mostré y me empezó a platicar.

Había sido un septiembre, un día como cualquier otro, mi abuelo frecuentaba mucho ir a pescar y estar con sus amigos, era un padre recto y extremadamente cariñoso, amaba a mi mamá y mis tíos, y a mi abuela la quería con un enorme amor.

¿Cómo fue ese último día que lo viste?, le pregunté.

Ella moviendo los ojos mientras pensaba, las palabras “Lo recuerdo como si fuera ayer” salieron de su boca. Tenían una cena esa noche, y él se iba a ir a pescar como a las 5am con otros amigos de un club que ellos tenían. Ella no se preocupaba, ya que no era la primera vez que lo hacían.

Ella procedió contándome lo sucedido aquella última noche. Durante el día todo fue normal, él se fue a trabajar y luego regresó para alistarse e irse. Durante la tarde, fue la última vez que vio a mi mamá.

Lo último que le dijo fue: “Hija, te debe de llamar un amigo para avisarme a qué hora nos vamos a ir a pescar, apúntalo en una nota y me lo dejas, te amo”. Mi mamá lo recuerda a la perfección.

La plática con mi abuelita procedió, y le pregunté cómo había sido cuando se dieron cuenta de que ya no estaban, de que no habían llegado y de cómo los dieron por desaparecidos. Ella suspiraba, pero seguía narrando la historia.

Siempre regresaban al día siguiente, era lo de costumbre, pero ese día, como sabemos nunca regresó. Mi abuelita despertó como normalmente lo hacía, pasó la hora de la comida y no sabía noticias de mi abuelo, ni una llamada y ni un aviso. Ella se extrañó pero luego pensó que tal vez se había quedado en la playa a tomar los tragos con sus amigos así que no le dio tanta importancia.

El resto del día pasó tranquilamente, hasta que por ahí de la tarde empezó la verdadera preocupación.

Yo estaba atentamente escuchándola, tratando de imaginar todo lo que había pasado. En ese momento yo le seguía preguntando qué pasó después de que se dieron cuenta de que no habían llegado a sus respectivas casas mi abuelo y sus amigos.

Mi abuela ese mismo día, marcó a la esposa de uno de los amigos de mi abuelo que también iba en el barco, ella al igual que mi abuela estaba preocupada, pero la calma llegó cuando otra esposa comentó que supuestamente se habían quedado a pasar la noche ahí. Según mi abuela, que no sabía qué pensar, pero pues no podía hacer mucho así que se durmió y le pidió a dios que todo estuviera bien.

En ese momento, yo la miraba y trataba de asimilar la preocupación que tenía ella durante esa noche, ella me platicaba que casi no durmió y que en lo único que pensaba era que quería estar con él. Después de eso, mi intriga creció y solo podía pensar en cómo comprobó que de verdad estaban desaparecidos.

Ahí estaban los vehículos

Al día siguiente del día que debieron de regresar, mi abuela le pidió a una de las hermanas de mi mamá que las llevaran al puerto donde supuestamente habían zarpado. Al momento de llegar, todo se desmoronó, ya que encontraron que el coche de mi abuelo y de sus demás amigos seguía en el mismo lugar donde lo habían dejado antes de salir al mar.

Les preguntaron a los que estaban en la marina si habían visto a alguno de ellos o si los coches habían sido movidos durante el día anterior. Los marineros respondieron que nada de lo que ellas les preguntaron había pasado. En ese momento la preocupación, la angustia y la desesperación fueron parte de mi familia.

En ese momento, mi tía, que nos escuchaba de lejos desde el comedor, se acercó a nosotros para preguntarme del por qué de mi gran interés de saber todo lo que había pasado esa noche. Al explicarle detalladamente todo, ella se sentó junto a nosotros a escuchar más a fondo lo que mi abuela decía.

La plática sobre la historia continuó, la verdad es que me daba algo de pena seguir preguntando y hacer que las dos recuerden tan malos momentos, pero mi intriga crecía, y la verdad yo sabía dentro de mí que al final de la plática algo bonito iba a quedar.

Miré a lo lejos, pensé y dije: ¿Qué hicieron después de darse cuenta que no habían llegado a ningún lugar?

Ellas se voltearon a ver, y mi abuela respondió que lo reportaron a los diferentes medios de comunicación: periódicos, radio y tele, gracias a dios el Grupo Rivas era parte de nuestra familia, y nos ayudó a difundirlo por muchos lados para poder buscarlos.

Durante toda esta plática yo tenía una pregunta ya estructurada, era la que más me importaba, era la que de verdad quería saber, quería conocer como se había podido superar tan fea tragedia, pero la verdad no sabía si decirla, pero al final, lo comenté.

Mi tía, viéndome con una hermosa mirada, se le llenaron los ojos de lágrimas, me agarró la mano y me dijo que no fue fácil, que de verdad no lo fue.

La abuela lloró un mes entero

Mi abuela viéndola, se volteó hacia mí y con un tono suave me dijo que fue toda una etapa, no fue de la noche a la mañana, fue difícil tanto para ella como para mi madre y tíos. Mi abuela lloró un mes entero, mis tíos tuvieron sus diferentes problemas, fue un mes en que todo parecía irse abajo. La persona que mantenía a esa familia, la que apoyaba a todos a salir adelante, había desaparecido, y podría no aparecer nunca.

Claro está, al principio la esperanza estaba presente, pero por conforme pasaba el tiempo esa esperanza de caía poco a poco. Los buscaron por México, Estados Unidos, incluso fueron a buscarlos a Cuba por si los tenían de rehenes. Pero nunca aparecieron.

Mi abuela me contó cosas que a mi mamá le pasaron en ese triste periodo, cosas que yo no sabía y ni me había imaginado, como en las que mi papá le llevaba la tarea a su casa porque ella no tenía ganas de ir a la Universidad, o de cómo lloraba. En ese momento admiré más a mi mamá, ella tenía la edad que yo tengo ahora. Fue tan fuerte a tan poca edad y toda una guerrera.

No le voy a quitar crédito a mis tíos (hermanos de mi mamá), ellos también lo sufrieron y lo superaron a su manera, todos ellos tienen mi admiración, salieron adelante y ahora son gente de éxito, pero sobre todo gente de bien.

¿Qué crees que fue lo que pasó?, yo le pregunté seriamente.

Qué unos narcotraficantes de una nave nodriza los capturaron, metieron dentro el barco y los mataron. Sinceramente es lo que también yo pienso, ya que las otras posibilidades como hundirse o explotar tienden a dejar huellas y ésta jamás dejó.

En ese momento, yo solo podía pensar en una pregunta para mi abuela: “¿Cómo lo superaste?”. Ella me vio directo a los ojos y entendí todo.

Ella fue una luchadora, una mujer que al enviudar, tuvo que salir del cuarto de lágrimas y sacar a sus hijos adelante. Aprendió a manejar, empezó a trabajar, utilizó su casa para hospedaje de estudiantes extranjeros e hizo todo para salir de este gran hoyo. Mi abuela es una guerrera, ayudó a sus cuatro hijos a superarlo y a enseñarles que la vida sigue y que hay que mirar siempre hacia adelante.

Al finalizar la plática me despedí de mi abuela dándole un beso en el cachete y dándole las gracias por platicarme lo que un día fue. Mi tía me acompaño a la puerta mientras me decía que hay que luchar por nuestros sueños y metas.

Hoy en día entiendo todo, entiendo que todo pasa por alguna razón, entiendo que la vida puede tener tropiezos, pero de verdad grandes y complicados, pero que siempre se puede salir adelante. Entendí que mi mamá y mis tíos son mis héroes por poder salir adelante, entendí que mi abuela es una mujer fuerte que siempre estará enamorada del amor de su vida. Pero sobre todo, entendí ese “todo pasa por algo”, y con esto me refiero a que no sé qué si lo de mi abuelo no hubiera pasado, no seríamos la familia que somos ahora, una familia unida, demasiado unida, que nos apoyamos unos a otros sin importar las circunstancias.

Sí, claro, no existe la familia perfecta, hay errores y problemas, pero a pesar de eso, tengo una familia increíblemente unida, más de lo que jamás pensé que llegaría a tener.

El suceso del High Ball IV es algo con lo que viviré el resto de mi vida, sí, es una tragedia y fue un suceso terrible para mi familia, pero como pensé al principio de la plática con mi abuela, nos ha dejado algo bueno, algo que a primera vista no se ve, pero yo que soy parte de esta historia ahora logro ver.

Mi abuelo no nos dejó dinero, todos vieron cómo salir adelante, y con esto me refiero que nos enseñó a luchar por nuestros sueños, a luchar por lo que es correcto, a luchar por un mundo mejor. Nos enseñó a dejar huella en este mundo, a ser unos buenos seres humanos, pero sobre todo a ser una familia UNIDA.

¿Qué he aprendido de todo esto? Que el dinero no es toda la herencia que se puede dejar al momento de partir. Mi abuelo nos dejó lo mejor que alguien nos puede llegar a dejar, y eso lo llamó “amor”, y ese es el gran legado que el increíble Miguel Iván Rosado Núñez tuvo y tendrá en mí el resto de mi vida.

Un enorme abrazo para ti abuelo, en donde quieras que estés…

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