Cómo ser impuntual y no morir en el intento

Hace unos días fui a una rueda de prensa y los políticos que nos convocaron llegaron 50 minutos tarde. C-I-N-C-U-E-N-T-A. Pidieron disculpas y ya. Hubo algunas quejas de los colegas presentes pero se olvidaron del asunto en un santiamén. Yo comencé la nota con el retraso y todavía me acuerdo y hago bilis.

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“La puntualidad es una carga innecesaria”, me dice.

“Llegas cuando puedes, ni modo”, agrega.

“Uno no puede estar todo el tiempo pendiente de los horarios”, repite.

“El cielo no se va a caer si llegas un poco tarde”, increpa señalándome con el dedo.

Y yo miro para otro lado, medio mareada por la adrenalina negativa que me provoca llegar tarde a algún lugar. No puedo, me niego, me rehúso.

Entonces, cuando vuelvo a criticar su impuntualidad, me dice con la mano en la cintura: “Debes ir a un psicólogo porque te metieron a punta de golpes eso de llegar a horario a todos lados”.

Todo lo escrito arriba es real. Tan real que tomé nota de cada frase en mi cuadernito azul para inmortalizarlo en algún momento y es “Hoy, hoy, hoy” que lo toma vida.

Mi fuente, o sea la persona que me dio estos “consejos” sobre mi enferma puntualidad existe. Conservo su anonimato por decisión propia pero sólo les voy a spoilear que no es fuereño ni huach. Saquen sus propias conclusiones.

A cuatro días de nuestro regreso a Yucatán hace ya medio año (Cómo pasa el tiempo…) hoy necesito hacer catarsis. Se fue el calor momentáneamente –situación que me pone muy feliz y me quita esa pseudo premenopausia de bochornos que me dan las altas temperaturas- y ya estamos en época de posadas por la previa de las fiestas decembrinas, situación que invita al relajo. Sin embargo, en estos últimos días de feliz “heladez”, viví varias situaciones de impuntualidad que me pusieron contra las cuerdas.

Desde que tengo uso de razón llego temprano a todos lados: a la escuela de los hijos, a reuniones o eventos del trabajo, a ruedas de prensa, al súper, a hacer trámites… Siempre. Pasé por situaciones en las que, si espero transporte público y no llega, me tomo un taxi para arribar a horario donde sea. Lo hago primero por mí y luego por respeto al otro, al que me espera. Si estoy a punto de llegar tarde a un lugar me pongo nerviosa, transpiro aunque haga frío y hasta me puede doler la panza.

Sin embargo la puntualidad no es el fuerte de muchos en esta región. La impuntualidad sí. Como el ser humano que me aconseja al inicio de la columna, acá la del problema soy yo, no esa persona.

“Si tienes un compromiso lo mejor es llegar relajado”, me explica el ser humano que comúnmente llega tarde en su “top ten” de consejos. Entonces le pregunto: “¿Y si es una cita de trabajo y llegas tarde?”. Entonces mi fuente pone cara de persona muy responsable y contesta: “Si es por trabajo ahí corres un poco, pero igual llegas cuando puedes”. Y a mí se me dan vuelta los ojos.

Soy periodista. Hace unos días fui a una rueda de prensa y los políticos que nos convocaron llegaron 50 minutos tarde. C-I-N-C-U-E-N-T-A. Pidieron disculpas y ya. Hubo algunas quejas de los colegas presentes pero se olvidaron del asunto en un santiamén. Yo comencé la nota con el retraso y todavía me acuerdo y hago bilis.

Pero ya me di cuenta que esa actitud rencorosa vale madres acá. A esta altura de mi vida no pretendo cambiar nada ni a nadie, sólo me queda adaptarme alegremente a la impuntualidad. Igual no me pidan que llegue tarde a algún lugar porque #NOPUEDO, ya es algo que traigo en el ADN como el voceo, los ravioles con tuco y el mate. Entonces veré la forma feliz de esperar sin angustiarme ni emitir juicios. Después de todo estamos en el Caribe, hace calor la mayor parte del año, dormimos en hamaca y comemos frijol con puerco los lunes ¿Qué sentido tiene entonces estresarse con la puntualidad? Hay que bajar un cambio y evitar un ACV.

Mi fuente también me dice que tengo que acostumbrarme y empezar a llegar tarde a los lugares. Es más, próximamente asistiremos a un evento en el que, por una situación familiar, no podré arribar a la hora planeada. Se lo comento y me dice, con una sonrisa ladeada y socarrona: “¿Ya ves? Vas agarrando callo con el tema de la impuntualidad”.

Si algún yucateco lee esta columna y es tan enfermito con la puntualidad como yo, aclaro que no todos son impuntuales, siempre hay excepción a la regla. Es como decir que todos los argentinos somos egocéntricos, “sencishitos y carismáticos”… No señor, es feo que nos metan a todos adentro de una misma bolsa ¿No es cierto?

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