A porta gayola

Vivimos a diario situaciones “a porta gayola”. Nos enfrentamos -de golpe y porrazo- como desnudos ante los toriles sin saber qué ocurrirá, desprotegidos y a ciegas, cubiertos con un capote que no nos salva de nada. Pero ahí estamos –lo queramos o no- haciéndole frente a la vida.

963

Mis últimos dos años en el Diario de Yucatán, antes de regresarnos a Buenos Aires a fines de 2006, trabajé en la sección de Deportes.

Un día mi jefe Gaspar López me envió a cubrir una nota color a la Plaza de Toros de Mérida. Jamás en mi vida había tenido contacto con la tauromaquia (en mi país no es ni un deporte ni un arte, porque directamente no existe) y resultó una experiencia que al día de hoy no se me borra de la cabeza ¿Qué si es deporte, arte o matanza? Yo creo que las tres cosas.

Una de las suertes que más me impresionó y de la que luego investigué un poco fue “A puerta gayola” o “A porta gayola”. Es de las más osadas y meritorias para el torero, quien se ubica de rodillas con su capote frente a las puertas de toriles a la espera de que salga por primera vez el toro al ruedo. El matador se enfrenta al peligro sin la más remota idea de lo que le espera. Sin embargo ahí está, poniéndole el pecho a una tormenta de fuerza desconocida.

Si todo sale bien, el diestro esperará a la máquina animal con actitud desafiante y hasta arrogante para que, cuando el animal intente embestirlo, le muestre todo el engaño. Si sale mal y el matador no logra driblar en el momento preciso, el toro lo embestirá.

Vivimos a diario situaciones “a porta gayola”. Nos enfrentamos -de golpe y porrazo- como desnudos ante los toriles sin saber qué ocurrirá, desprotegidos y a ciegas, cubiertos con un capote que no nos salva de nada. Pero ahí estamos –lo queramos o no- haciéndole frente a la vida.

La vorágine de una gran urbe me puso en miles de situaciones “a porta gayola”. Buenos aires, con la que tengo un “Síndrome de Estocolmo”, me quiso mucho-poquito-nada pero yo nunca dejé de amarla. Vivirla duele, agota, fagocita y te pone una y mil veces frente al astado. Y ahí uno aprende a driblar, cansado pero con los sentidos más despiertos que nunca, porque otra no queda. Es una especie de supervivencia. Ah, y la extraño con creces.

El mes que viene cumplimos un año de nuestro arribo a Mérida. Todavía no lo puedo creer. En una de las decisiones más importantes de nuestras vidas, nos mudamos de país y hasta de planeta. Seguimos en proceso de afianzamiento y aprendizaje pero sentimos que no nos equivocamos, que fue la mejor decisión familiar. Yucatán es nuestro hogar ahora y siento que fue la mejor a porta gayola que hicimos en nuestra vida familiar.

Sin embargo seguimos aquí poniéndole el pecho –a veces de rodillas y otras de pie- a situaciones que desconocemos porque salir de la zona de confort también está bueno, aunque no sepamos con qué bríos viene el astado. Cuando hay que pararse frente a los toriles –solitos con nuestra alma- hay que tener aplomo (por no decir huevos u ovarios) para hacerle frente a lo que venga, con la cintura suficiente para mover el capote y driblar al toro para salir lo más ilesos posible.

Por eso, cuando te digan que no puedes, que es una locura, que cómo te vas a parar ahí con todo el peligro que te circunda (“¿Tás quedando loco, ninio?”), tú les dices: “Es mi pedo”, porque después de todo es uno el que se la juega y porque además el miedo es un viaje de ida que sólo te deja inmovilizado.

Salut y por más “a portas gayolas” exitosas para todos, que el calor de mayo pase rápido, lleguen las lluvias, pasen de largo los huracanes y los nuevos gobiernos sepan driblar los problemas y traigan buenas suertes para todos.

Comentarios

Comentarios