Yucateco con dos casas: una en la tierra y otra debajo del mar

Publicado mayo 31, 2018, 10:02 pm
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Dice que tiene dos casas: una en tierra, con su familia, y otra debajo del mar. Se llama Liborio Ramón Flores Yérbez, tiene 50 años y bucea desde los 13. Viene de una familia de pescadores y desde hace años mantiene a su familia con todas las maravillas que saca del mar de Celestún, su gran inmensidad salada.

Liborio siente un orgullo envidiable cuando habla de su oficio y lo lleva en la sangre, sin duda. Uno de los primeros recuerdos que atesora del mar es cuando salió con su papá Isidoro a pescar, una tarde cuando tenía como 10 años.

“Íbamos despacito a tirar la red y nos agarró una turbonada con lluvia y un vientazo horrible. En ese momento pensé que el bote se iba a pique y nos íbamos a morir, pero mi papá me explicó que era normal y que en una hora iba a pasar todo. Así que me metí en la paneta de la proa hasta que todo terminó”, recuerda.

Y el miedo se le esfumó esa misma tarde. En la adolescencia empezó a bucear a pulmón (“a pulmonear”, dice). “No puedo calcular cuánto aguantaba pero bajábamos seis o siete brazas, que es como un metro pasadito cada braza, y pescábamos con bichero o arpón”, cuenta.

En 1986 Liborio se enamoró de Rosario y le propuso matrimonio. “En ese entonces empecé a hacer buceo con compresora y aunque fue una época en la que había muchos tiburones, yo me dije ‘o me come un tiburón o junto para el casamiento… Y me arriesgué a bucear igual. Ahí empezó todo”, relata.

Era época de langosta y había bastante, para todos. “Recuerdo que en 1987 estaba chamaco y uno se quiere comer el mar. Empecé a nadar duro y subí muy rápido, entonces sentí un dolor desesperante en las piernas y le dije a mi tío que me llevara a tierra”, explica.

Allí lo atendió un doctor cubano de nombre Otto, quien le explicó que lo que le ocurrió fue un tremendo cansancio y desgarro por tanto nado, pero no estaba descompresionado. Liborio estuvo un mes sin caminar hasta que logró recuperarse.

“El truco para que no te pase nada es bajar tranquilamente, moverte de la misma forma debajo del mar, subir muy despacio y no pasar más de una hora u hora y media adentro del agua. Luego puedes volver a entrar después de tres horas, no antes”, detalla.

También la clave para el buzo está en no luchar con el pez que se arponeó. “Si no se murió con el arponazo, nos ponemos a luchar con el animal para sacarlo y es impresionante cómo te sacude el brazo. Se siente un desgarro terrible y uno llora una eternidad”, admite.

Hoy día los buzos pescan pargo mulato, boquinete, mero, negrillo y pargo cubera, aunque éste último es difícil de atrapar porque “puro girar hace”, explica Liborio.

“Cuando empecé en el 86 pura langosta había pero ahora es muy difícil, además de que hay veda. Por el calentamiento global los peces se van cada vez más lejos. Antes te metías al agua y cuando bajabas ya se sentía helada, ahora eso no pasa”, relata.

Permisos para pocos

Para Liborio está cada vez más complicado llegar con las manos llenas a casa y el gobierno no ayuda a los pescadores ni buzos. “Hay muchos que reciben ayuda del gobierno y lo hacen por acomodo. Les dan sus permisos a familiares y amigos que ni salen a pescar, no trabajan. Algunos reciben hasta 150 mil pesos de crédito al año, además de motores. Y le dicen a uno que ya no dan más permisos porque ‘ya está superpoblado de pescadores’, eso explican. Los empresarios siguen recibiendo apoyos y los pescadores se van a arriesgar al mar”, enfatiza.

Hoy día los jóvenes continúan con la herencia de la pesca y el buceo, cuenta Liborio. “Sin embargo, es importante que los nuevos salgan con los que tenemos más experiencia a bucear, porque a veces son tercos, no hacen caso y pueden peligrar sus vidas. Hace unos días falleció un muchacho de Celestún, había visto un pescado grande, de 15 kilos y volvió a tirarse para sacarlo. Tardó más de media hora abajo y cuando salió se descompresionó, fue una gran pérdida”, relata Liborio.

El buzo celestunense calcula que buceará con compresora durante cinco años más. “Me siento fuerte y sano, no tomo ni nada y me cuido para seguir unos años más abajo del agua”, asegura.

¿Y qué hay allá abajo, Liborio? Le preguntamos. Al buzo se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja, piensa un ratito, se le suaviza y la voz y cuenta: “No sé cómo describirlo, es muy bonito allá abajo, es como otra vida. Hay arrecifes y cordilleras –como las llamamos nosotros- de todos los colores. Me gusta estar en el mar porque allá el tiempo pasa más rápido que en tierra y además porque abajo del agua me siento en mi segunda casa”, concluye.- Cecilia García Olivieri

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