Orgullo del mar yucateco

Esta semana fue especial para mí porque no sólo visité el mar como el lugar maravilloso de esparcimiento que me da paz, sol, me regala un baño y relax, sino también conocí parte de la gente que la habita

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Viernes Sudaca/Columna
Por: @laflacadelamor

¿Ya les dije que son muy afortunados de tener el mar tan cerca? Seguro que sí, pero para que no se les olvide.

Porque aunque no vayan a cada rato a la playa, tener la opción de viajar, en 30 minutos, hasta el océano #notieneprecio. ¿Saben cuántos kilómetros tenía que hacer yo en Buenos Aires para ir al mar? Más de 500… Y conste que, cuando llegaba me encontraba con un mar color café, frío, con olas peligrosas y de arena amarronada. El día y la noche con las playas bellas de acá.

Hace casi un año que regresamos a vivir a Mérida y si fuera por mí, iría cada fin de semana a la playa. Lamentablemente el #maridoyucateco no me acompaña en la aventura porque es de acá, creció en la playa (sus papás son oriundos de Progreso e iban cada fin de semana hasta su adolescencia, cuando ya pudo decir que no) y él no es de estar al borde del mar más de unos minutos. Si va a un lugar donde haya mucha agua salada, la premisa para él es comer y tomarse una cerveza, el mar es sólo coyuntural. Y los hijos sí lo disfrutan, claro, pero el viaje no les gusta mucho, sobre todo porque todavía andamos sin auto.

Esta semana fue especial para mí porque no sólo visité el mar como el lugar maravilloso de esparcimiento que me da paz, sol, me regala un baño y relax, sino también conocí parte de la gente que la habita, y esas situaciones tampoco tienen precio porque son cosas que te marcan para siempre.

Hace unos meses tuve chance de visitar Celestún y convivir con la familia de mi amigo Irbin. Su papá es pescador y su mamá lo ayuda en el trabajo. Juntos criaron hijos gracias al oficio y lo llevan como un estandarte de orgullo que se les nota en el pecho hinchado cuando hablan de esta labor tan dura, peligrosa, adrenalínica a veces, entregada pero sobre todo digna. Muy digna.

Les contaba que esta semana fuimos al Puerto de Progreso a hacer unos reportajes sobre el Día de la Marina. A eso de las 10 de la mañana, en el Puerto de Yucalpetén nos encontramos a varios pescadores, algunos regresando de alta mar (como Eder Salas) y otros preparándose para una pronta partida al océano infinito (como Carlos Medina).

Son hombres fuertes, con la piel dura, curtida. Todos tienen un color similar que si tuviera que ponerle nombre diría que es un “amarronado sol”, porque es un color café por la exposición constante al sol, pero iluminado. Sus pieles tienen luz propia.

Y si hablamos de su chamba, bueno… Son los que nos proveen todas las delicias del mar que llegan a nuestra mesa. Son los que arriesgan sus vidas al internarse en un mar ciclotímico que puede enloquecer en remolinos y olas mortales sin previo aviso. Son también los que, por necesidad sobre todo, andan por la delgada línea de la ilegalidad al no respetar la veda y arriesgarse a pescar pepino de mar o langosta cuando no se debe. Son los que preferirían estar en tierra, trabajando, pero “no alcanza, no se puede, cada día está más difícil”, dicen, y tienen que entrar al mar, les guste o no.

Son los que, en la inmensidad salada, donde sólo hay cielo y agua, te cuentan que se sienten “como si estuvieras en un entierro, en una cárcel, solos y rodeados de mar, mar y mar”. Y ahí la cabeza les puede jugar malas pasadas, así que mejor llevarla bien con los otros pescadores, entretenerse, no tomar demasiado porque a la madrugada sigue la chamba por 15, 18, 20 días… Según el pique.

Porque cada vez está más difícil llegar a casa con las manos llenas, porque cada día hay que irse más lejos para conseguir pesca, porque día a día el peligro es más grande y la incertidumbre también.

Pero ahí la llevan, porque “Lo primero es la familia” y ni modo, es lo que les tocó y a mucha honra. Algunos les pudieron dar un mejor futuro a sus hijos y eso los llena de orgullo. Otros anhelan terminar sus días tranquilos, mirando el mar de lejos.

Pero también hay otros que no, que hasta con más de 60 años quieren volver una y otra vez al agua porque es como una atracción que sienten por esa inmensidad que siempre los recibe como si fuera su casa, a ellos, hombres de tierra y orgullo del mar yucateco.

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