De crecer y otras sensaciones

Esa nené chiquitita que nació hace 12 años, habla desde muy pequeña y también desde chiquita sabe hacer amigos, ya es una adolescente.

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Viernes Sudaca/Columna
Por: @laflacadelamor

“Cómo naufragan mis miedos si navego en tu mirada
Cómo alertas mis sentidos con tu voz enamorada
Con tu sonrisa de niña cómo me mueves el alma
Cómo me quitas el sueño, cómo me robas la calma”
(“La tierra del olvido”, para Julita).

¿Qué pasó? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? Que alguien me explique porque no entiendo nada.

Si hace unos años la llevaba en mi panza, luego se alimentaba de mí, me miraba con esos enormes ojos oscuros sin hablarme todavía, pero nos entendíamos bastante bien. Después empezaron las sonrisitas, “Qué linda manito que tengo yo”, a maridar teta con chayote y puré de calabaza, a probar un plátano de colación, a sentarse solita, a pararse solita, a dar los primeros pasos y… ¡Acá estamos, a punto de terminar la primaria! Me muero bien muerta.

Bueno, no, en realidad en el medio pasaron muchas cosas. Esa nené chiquitita que nació hace 12 años, habla desde muy pequeña, también desde chiquita sabe hacer amigos, es inteligente, muy maternal, creativa, tiene mucho sentido del humor, alma comerciante, le gustan las manualidades, probar nuevos sabores de comidas, mirar series, pelear y adorar a su hermanito, discutir con sus papás, revolear los ojos cuando algo no le gusta, comprar ropa, adaptarse fácilmente a los cambios, hacer gimnasia, opinar (sobre todo de lo que no le preguntan) reír a carcajadas y dormir, como toda una adolescente.

Sí, adolescente, lo escribo y no lo puedo creer. Y es como que hoy me cayó la ficha de golpe. Fui a dejarlos en la escuela y la maestra de Julia me llamó: “Doña Ceci, acompáñeme así elige la mesa donde se van a sentar en la fiesta de graduación”, me dijo.

Lo de “Doña Ceci” lo sentí como un collar de sandías colgado al cuello, me hizo sentir anciana. Ella debe tener mi edad, pero no me tutea. Me choca pero bueno, ya no le insisto.

Y ahí la maestra Paty sacó una hoja gigante con dibujitos de mesas rodeadas de circulitos. Elegí tres espacios cerca de la pista donde Julia bailará el vals de graduación.

Y ahí todo se puso negro. “Graduación”, “Baile”, “Vestido”, “Smoking”… Me mareé… ¿En qué cabeza cabe que esa chiquititita de 3,200 kilos y 52 centímetros que me miraba enamorada ahora sea una flaca larga y hermosa de melena oscura que usará un vestido de fiesta y bailará el vals de los egresados? ¿Cuándo pasó todo esto? ¿Qué me perdí?

Regresé a la casa casi corriendo y comencé a zamarrear la hamaca del #maridoyucateco (con el dormido adentro, claro) para que me explicara esto del paso del tiempo porque “Julia era chiquitita ¿Te acordás el día que nació? Y ahora me vienen con que termina la primaria… ¡¿Qué es todo esto?!”, lo increpé.

Me pidió que lo dejara dormir, claro. Pero lo conozco, sé que algo le quedó en el inconsciente y se despertará con la misma angustia que yo ahora, buscando en sus bolsillos, revolviendo cajones, dando vueltas la casa al grito de “¡¿Dónde está, donde la pusieron, por qué me esconden TODO?!” Porque así es él cuando pierde algo… Porque eso se siente cuando crecen los hijos, que se perdió un cachito de vida de nené chiquito por algún lado y ahora son grandes y bailan vals y empiezan la secundaria ¡Par favar!

Entonces tendré que abrazarlo y decirle que se quede tranquilo, que Julia está creciendo pero siempre será esa nené chiquitita que nos miraba con ojos tremendamente grandes y así lo seguirá haciendo. Hay que abrazarla más, eso sí, aunque no se deje. Insistiremos hasta el cansancio y la acompañaremos en todas sus aventuras (o en las que ella nos dé cabida), porque si alguna certeza tiene que tener ahorita es que siempre vamos a estar para ella. Sea chiquita o grande.

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