De apodos y humor negro

Aquellos más interesantes son los que, como una receta, llevan distintos ingredientes para su elaboración y se cocinan a fuego lento hasta que salen del horno listos para alimentar a una víctima.

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Por: @laflacadelamor

Si son buenos para algo los yucatecos -entre otras cosas, claro- es para poner apodos. El ingenio que manejan, sin rebuscamientos y asertivo, da siempre en el clavo. Me los imagino por la vida con un costal de flechas en la espalda y un arco cargado en el hombro, observando calladitos a tal o cual persona (amigo, hermano, compañero de la escuela o trabajo) mientras en sus cabezas las neuronas corren como locas buscando un apodo que le vaya al observado como anillo al dedo.

Cuando están listos y seguros, sin sacarle de encima la mirada a la “víctima y futuro dueño del apodo”, buscan con la mano la flecha que llevan en la espalda, la cargan en el arco y apuntan. Casi siempre dan en el centro de la diana, le guste al “apodado” o no.

Y si el apodo es bueno, será también vitalicio, como pasa con algunos nombres que cargamos desde que dimos los primeros pasos o que nos pusieron en la escuela primaria y que nunca nos pudimos quitar de encima.

En mi caso, desde que nací soy para mis papás “Negrita” o “Negrito”, que es una forma cariñosa de decir “Morenita” o “Boxita”. Todavía me dicen así. Mi suegra yucateca (QEPD) era más osada y creativa e inventó apodos especiales para sus hijos como “Alejo Ballote” (así llamaba a #elmaridoyucateco), “Noro”, “Toro Loco” o Niño Santo” (así eran algunos apodos que les decía a los hermanos de Ballote).

En la primaria, lugar lleno de gente con altos índices de crueldad y la mejor puntería para los apodos, muchos sufrimos, hagan memoria. En mis primeros años de escuela fui durante mucho tiempo “El Sargento García” (por mi apellido y la serie que pasaban en la tele) o “Piernas locas Krane” (ese pajarraco que salía con la pantera rosa que tenía piernas largas y flaquísimas, como yo). Me costó mucho despegarme de ellos y creo que sólo lo logré cuando me cambié de escuela y empecé la secundaria.

Pero volvamos a las tierras del faisán y del venado, donde “purux” le apodan a un [email protected], “chel” a alguien güero, “mulix” a alguien con el cabello rizado, “Bola 8” a alguien gordo y moreno, “Dzipona” a alguien de buen cuerpo, “Xcobo” a un alcahuete, “Rodilla” a los pelados, “Carecentavo” a los que tienen la nariz chata o un perfil poco sobresaliente, “Chimuelo” al que le faltan dientes, entre otros cortitos y al pie.

Sin embargo, los apodos más interesantes son los que, como una receta, llevan distintos ingredientes para su elaboración y se cocinan a fuego lento hasta que salen del horno listos para alimentar a una víctima.

Otra vez esta columna cuenta con la colaboración del amigo Roger Gutiérrez, un yucateco que radica hace años en Uruguay y que, con su especial sentido del humor, nos regala algunos ejemplos a saber:

El “Dziclán” se llama al que tiene un solo testículo y se lo decían al pobre hombre que lo perdió por una picada de mantarraya.

A un señor de apellido Peón que tenía la boca chueca, le decían “Peón de ajedrez” porque “camina de frente pero come de lado”.

A don Fernando Ancona le decían el “Queso” de joven, pero sé quemó (con heridas de tercer grado), sobrevivió y le dicen hasta hoy el “Fonduè”.

El apodo “Macabí” va cuando el interfecto sirve para las mismas cosas que ese pescado: o sea para nada y para una chingada.

También está el “Mascahuayas”, que se le dice a alguien ignorante o de poco seso.

A mi abuelo Fernando Gutiérrez Solís, cómo era muy flaco y bastante mal encarado, le decían “Tikin Tá”: Mierda Estirada.

#elmaridoyucateco regresó el otro día de la cantina, un lugar bastante parecido a la escuela primaria para poner apodos, donde escuchó que a un amigo de un amigo le decían “Cachorra”, porque no llega a perra.

Otro aporte que hace de pura incorrección política en apodos es “El Pichojos” un amigo flaco y de ojos saltones de #elmaridoyucateco… “Cuando el bullyng era una de las bellas artes”, recuerda con nostalgia.

En definitiva, es esa incorrección política, mezclada con altas dosis de humor negro y muchísima creatividad, la que hace que los apodos sirvan, sean festejados (hasta por la víctima), perduren y se mueran sólo cuando el apodado expire. Yo celebro los apodos ingeniosos, celebro la risa, la incorrección política y el humor negro. Porque si no nos podemos reír ni de nosotros mismos, estamos fritos.

Los saluda y les desea un buen fin de semana la “Negra”, “Morocha”, “Flaca”, “Larga”, “Doña tetas” (así me llamaron mi hija y #elmaridoyucateco durante todo el tiempo que amamanté a Martín), “Chavorruca”, “Laflacadelamor”… O sea yo.

PD: Si cuando terminen de leer la columna se les ocurren otros apodos ingeniosos “Made in Yucatán”, déjenlos en los comentarios, así nos reímos un rato.

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